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Del extremo sur de Tobago al extremo norte de Trinidad distan unos treinta y seis mil metros. Estuve observando varios segundos el trozo de tierra que había dejado atrás con el agua hasta las pantorrillas y los pantalones remangados.
Tomé aliento, jugué a arañar la arena con los dedos de los pies. Aquellas dos islas estaban más cerca la una de la otra de lo que muchos maridos lo estuvieron de sus mujeres durante toda su vida. Era poético aquello. Claro que aquellas islas jamás podrían divorciarse. Aquello era real e indigno.
Meé de cara al Sol sobre las olas. Una vez en tierra seca saqué los zapatos, los calcetines y la chaqueta de la bolsa de deporte y me los puse.
Ascendí por los peñascos que salvaban el desnivel entre la arena y aquella pista forestal. Una decena de metros. Una vez arriba volví la vista atrás, la borrasca seguía tapando media Trinidad y la moto seguía amarrada entre dos palmeras en uve.
Aquella medida sólo la protegería del mar, pero ¿y qué?, mucho es que me traje los cabos de Berry. Sólo me faltaba cargar con una puta ancla a todos lados, eso es un tema de la gente de i+d, que dejen de examinar tanta lefa y tanta pólvora al microscopio y hagan algo útil de una vez. Que piensen trastos aptos de verdad y se centren en nuevas drogas.
Se lo digo a menudo, se lo dije a Andrea en la última cena en Beirut, que dirigiera a los chicos en esa dirección, pero nunca me hace el suficiente caso. Le pasa por creer en Dios. Todos los malditos científicos creen en Dios aunque lo nieguen. No sólo eso: les obsesiona, les asusta, les coacciona. Piensan que puede disponer de ellos del mismo modo que ellos disponen de todos esos ratoncitos a los que putean.
Caminé en dirección al norte, eso me hizo desviarme levemente del camino. Cogería la ruta más corta para llegar a la carretera principal y ahí conseguiría un coche. Todo era hierba y arbustos diseminados, se escuchaban graznidos de aves ocultas a mi paso, el terreno ascendía húmedo en una ligera pendiente.
A los diez minutos escuché un rumor, algo todavía lejano se acercaba por la pista que estaba trazada en paralelo a mí. Corrí hacia el carril. Al frente a cien metros la polvareda volaba, y entre ella avanzaba una camioneta verde oliva.
Podría haberme cargado al conductor antes de que hubiera distinguido mi silueta, pero habría jodido el parabrisas y llenado de sangre el asiento, y todo eso llamaba la atención. Agarré una piedra grande como dos puños del borde del camino y me arrodillé en el centro agarrándola bajo la bolsa de lona que quedaba a mi derecha.
El viejo truco del buen samaritano.
Ya sonaba desde más cerca. Me incliné hacia delante apoyándome con la izquierda en el suelo, me pegué a la tierra tanto como era posible. Aunque perdiera realismo no podía tenderme por completo, debía conservar el margen necesario para abrir fuego si el conductor no paraba. Empecé a exagerar mi respiración. Miraba al frente de refilón, parecía que estaba aminorando.
Paró a poca distancia con determinación; conocía la ruta. Tosí adrede fuertemente sin pausa mientras bajó un hombre en pantalón corto y descamisado, caucásico, cuarenta y pocos, rapado, metro setenta, sandalias de cuero. No tenía demasiado buen aspecto físico. Se apoyaba en un bastón improvisado de metro y medio pero no creo que lo necesitara, era la manera de disimular su defensa. Se paró justo entre el morro de la camioneta y yo.
-¿Está usted herido?
-El dinero... debo llevar el dinero... a Black Rock... –intercalé entre jadeos.
Dejé caer mi cabeza completamente hacia delante.
-No me diga –avanzó varios pasos lentamente-. ¿El dinero de esta bolsa?
La segunda vez que ese gañán me tocó el hombro con su palito agarré rápidamente la vara con la mano izquierda y halé hacia abajo. Él estaba agachado y se fue de bruces contra mí. Pasé la misma mano a su cuello, lo tumbé con fuerza y apreté con más fuerza todavía. Mis dedos casi se tocaban por detrás de su laringe.
A pesar de sus aspavientos a los dos segundos le había hundido la frente a la altura de los ojos con mi secreto. Arrastré su cuerpo y lo dejé caer por el pedregal que daba al mar. Tiré también la roca y la varita mágica.
Encontré una toalla y una nevera de playa sobre el asiento del copiloto, nada más, ni en la parte trasera. En la nevera había dos batidos de fresa y un refresco de limón bajo en calorías, ¿a qué clase de hombre acababa de matar? No me fijé pero seguro que llevaba el pecho depilado. Maldito cabronazo.
Me vi sangre en la ceja reflejada en el retrovisor y me la limpié con el agua del hielo derretido, me froté la cara y la nuca, me mojé la cabeza y me sacudí como un perro. Tiré la nevera por donde mismo al cadáver, por si al señorito le apetecía algo ligero, dulce y delicado en el puto infierno.
Di marcha atrás para ganar distancia y aceleré, maniobré un derrape junto al pequeño charco de sangre. Lo repetí dos veces. Quedó un buen hoyo en lugar de la mancha. Marcha atrás de nuevo, dirección toda a la derecha, y todo recto sobre aquella serpiente marrón.
Cuando llegué al cruce con la carretera general coloqué la bolsa con la metralleta bajo mi asiento. El cruce estaba claro, y el cartel parecía hecho a la medida de mi historia:
↑ Propiedad Privada – Acceso Prohibido.
← Canaan una milla.
→ Black Rock cuatro con tres.
Traducido:
↑ Acción denegada, elija otra.
← Objetivo siguiente kilómetro con seis.
→ Objetivo inmediato siete kilómetros.
Volver por donde vine tan siquiera se planteaba.