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-Esos no son más que embelecos que pronto darán contigo en el hospital, hija mía –dijo la Dubois frunciendo el ceño-. Créeme, deja de pensar en la justicia divina y en sus castigos y recompensas futuros. Todas esas estupideces sólo sirven para que nos muramos de hambre. Mira, Teresa, la dureza de los ricos justifica la mala conducta de los pobres. Que su bolsa se abra para nuestras necesidades, que la humanidad entre en sus corazones y las virtudes podrán establecerse en el nuestro. Pero mientras nuestro infortunio, nuestra paciencia para soportarlo y nuestra buena fe nos esclavicen, sólo conseguiremos encadenarnos más, nuestros crímenes serán suyos y seríamos bien ingenuos en negarnos a cometerlos, si pueden aliviar el yugo con que nos agobia su crueldad. La naturaleza nos ha hecho nacer a todos iguales, hijita: si el destino se complace en modificar este primer plan de las leyes generales, a nosotros nos toca corregir sus caprichos y reparar, con nuestra astucia, las usurpaciones del más fuerte. Me hace gracia cuando oigo a esas personas adineradas, esos aristócratas, esos curas, predicarnos la virtud. ¡Resulta muy difícil ser tentado de robar cuando se tiene tres veces más de lo necesario para vivir; muy incómodo imaginar jamás el asesinato cuando se está rodeado exclusivamente de aduladores o de esclavos para los que la voluntad del amo es la ley: es, en verdad, penoso ser temperado y sobrio cuando se tienen todos los días a disposición los más suculentos manjares: no será muy costoso ser sincero, cuando no se tiene ningún interés en mentir!... Pero nosotros, Teresa, nosotros a quienes esa despiadada Providencia que has tenido la locura de convertir en tu ídolo ha condenado a reptar en la humillación como la serpiente en la hierba, nosotros a quienes sólo se mira con desprecio porque somos pobres, a quienes se tiraniza porque somos débiles, nosotros que solamente podemos aplacar nuestra sed con hiel y que no encontramos más que espinas en nuestro camino, pretendes que renunciemos al crimen cuando es lo único que nos abre las puertas de la vida, nos mantiene en ella, en ella nos conserva y nos impide perderla. Quieres que, perpetuamente sometidos y humillados mientras que esa clase que nos domina tiene de su lado todos los favores de la Fortuna, nosotros nos contentemos con la pena, el abatimiento y el dolor, con las necesidades, las lágrimas, los golpes y el cadalso. No, no, Teresa, no. O esa Providencia que adoras sólo está hecha para que la despreciemos o no son esos sus designios. Conócela mejor, hija mía, y convéncete de que, puesto que nos coloca en una situación en la que el mal se nos hace necesario y nos ofrece al mismo tiempo la posibilidad de ejercerlo, es que ese mal sirve a sus leyes tanto como el bien y que gana tanto con uno como con otro. El estado en que nos ha creado es el de la igualdad. Quien lo trastorna no es más culpable que quien intenta restablecerlo. Ambos actúan de acuerdo con los instintos recibidos, así que ambos deben seguirlos y disfrutar.
Debo confesaros que si alguna vez algo llegó a confundirme fueron los embaucamientos de esta hábil mujer, pero una voz más fuerte que ella combatía sus sofismas en mi corazón. Esta fue la vencedora y declaré a la Dubois que nunca me dejaría corromper.
-Esta bien –me respondió ella-; haz de ti lo que quieras, te abandono a tu mala estrella. Pero si te dejas prender, cosa que parece inevitable por la fatalidad que salva infaliblemente al crimen sacrificando a la virtud, acuérdate al menos de que no debes hablar de nosotros.
Mientras que razonábamos así, los cuatro compañeros de la Dubois bebían con el cazador y como el vino inspira al alma del malhechor nuevos crímenes y le hace olvidar los antiguos, aquellos bandidos, en cuanto se enteraron de mi decisión, resolvieron cobrarse en mí por haberme salvado, ya que no habían conseguido convertirme en su cómplice. Su falta de principios, sus costumbres, el oscuro antro en que nos encontrábamos, la seguridad en la que creían encontrarse, todo les animó. Se levantaron de la mesa, sostuvieron un conciliábulo, consultaron a la Dubois, movimientos de amenazador misterio que me hicieron estremecer de horror, y el resultado fue oír la orden de disponerme inmediatamente a satisfacer los deseos de cada uno de los cuatro por las buenas o a la fuerza. Si me avenía por las buenas, cada uno me daría un escudo para que me fuese a donde quisiera. Se les obligaba a emplear la violencia, el resultado sería el mismo, pero para guardar mejor el secreto, me apuñalarían después de haberse satisfecho el último y me enterrarían bajo un árbol.
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-Debo confesaros que si alguna vez algo llegó a confundirme fueron los embaucamientos de esta hábil mujer, pero una voz más fuerte que ella combatía sus sofismas en mi corazón. Esta fue la vencedora y declaré a la Dubois que nunca me dejaría corromper.
-Esta bien –me respondió ella-; haz de ti lo que quieras, te abandono a tu mala estrella. Pero si te dejas prender, cosa que parece inevitable por la fatalidad que salva infaliblemente al crimen sacrificando a la virtud, acuérdate al menos de que no debes hablar de nosotros.
Mientras que razonábamos así, los cuatro compañeros de la Dubois bebían con el cazador y como el vino inspira al alma del malhechor nuevos crímenes y le hace olvidar los antiguos, aquellos bandidos, en cuanto se enteraron de mi decisión, resolvieron cobrarse en mí por haberme salvado, ya que no habían conseguido convertirme en su cómplice. Su falta de principios, sus costumbres, el oscuro antro en que nos encontrábamos, la seguridad en la que creían encontrarse, todo les animó. Se levantaron de la mesa, sostuvieron un conciliábulo, consultaron a la Dubois, movimientos de amenazador misterio que me hicieron estremecer de horror, y el resultado fue oír la orden de disponerme inmediatamente a satisfacer los deseos de cada uno de los cuatro por las buenas o a la fuerza. Si me avenía por las buenas, cada uno me daría un escudo para que me fuese a donde quisiera. Se les obligaba a emplear la violencia, el resultado sería el mismo, pero para guardar mejor el secreto, me apuñalarían después de haberse satisfecho el último y me enterrarían bajo un árbol.
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Justine o las desdichas de la virtud,
Marqués de Sade, (Donatien Alphonse François).
S.A. de Promoción y Ediciones [resto de página ilegible]
Justine o las desdichas de la virtud,
Marqués de Sade, (Donatien Alphonse François).
S.A. de Promoción y Ediciones [resto de página ilegible]
