domingo, 10 de abril de 2011




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Del extremo sur de Tobago al extremo norte de Trinidad distan unos treinta y seis mil metros. Estuve observando varios segundos el trozo de tierra que había dejado atrás con el agua hasta las pantorrillas y los pantalones remangados.

Tomé aliento, jugué a arañar la arena con los dedos de los pies. Aquellas dos islas estaban más cerca la una de la otra de lo que muchos maridos lo estuvieron de sus mujeres durante toda su vida. Era poético aquello. Claro que aquellas islas jamás podrían divorciarse. Aquello era real e indigno.

Meé de cara al Sol sobre las olas. Una vez en tierra seca saqué los zapatos, los calcetines y la chaqueta de la bolsa de deporte y me los puse.

Ascendí por los peñascos que salvaban el desnivel entre la arena y aquella pista forestal. Una decena de metros. Una vez arriba volví la vista atrás, la borrasca seguía tapando media Trinidad y la moto seguía amarrada entre dos palmeras en uve.

Aquella medida sólo la protegería del mar, pero ¿y qué?, mucho es que me traje los cabos de Berry. Sólo me faltaba cargar con una puta ancla a todos lados, eso es un tema de la gente de i+d, que dejen de examinar tanta lefa y tanta pólvora al microscopio y hagan algo útil de una vez. Que piensen trastos aptos de verdad y se centren en nuevas drogas.

Se lo digo a menudo, se lo dije a Andrea en la última cena en Beirut, que dirigiera a los chicos en esa dirección, pero nunca me hace el suficiente caso. Le pasa por creer en Dios. Todos los malditos científicos creen en Dios aunque lo nieguen. No sólo eso: les obsesiona, les asusta, les coacciona. Piensan que puede disponer de ellos del mismo modo que ellos disponen de todos esos ratoncitos a los que putean.

Caminé en dirección al norte, eso me hizo desviarme levemente del camino. Cogería la ruta más corta para llegar a la carretera principal y ahí conseguiría un coche. Todo era hierba y arbustos diseminados, se escuchaban graznidos de aves ocultas a mi paso, el terreno ascendía húmedo en una ligera pendiente.

A los diez minutos escuché un rumor, algo todavía lejano se acercaba por la pista que estaba trazada en paralelo a mí. Corrí hacia el carril. Al frente a cien metros la polvareda volaba, y entre ella avanzaba una camioneta verde oliva.

Podría haberme cargado al conductor antes de que hubiera distinguido mi silueta, pero habría jodido el parabrisas y llenado de sangre el asiento, y todo eso llamaba la atención. Agarré una piedra grande como dos puños del borde del camino y me arrodillé en el centro agarrándola bajo la bolsa de lona que quedaba a mi derecha.

El viejo truco del buen samaritano.

Ya sonaba desde más cerca. Me incliné hacia delante apoyándome con la izquierda en el suelo, me pegué a la tierra tanto como era posible. Aunque perdiera realismo no podía tenderme por completo, debía conservar el margen necesario para abrir fuego si el conductor no paraba. Empecé a exagerar mi respiración. Miraba al frente de refilón, parecía que estaba aminorando.

Paró a poca distancia con determinación; conocía la ruta. Tosí adrede fuertemente sin pausa mientras bajó un hombre en pantalón corto y descamisado, caucásico, cuarenta y pocos, rapado, metro setenta, sandalias de cuero. No tenía demasiado buen aspecto físico. Se apoyaba en un bastón improvisado de metro y medio pero no creo que lo necesitara, era la manera de disimular su defensa. Se paró justo entre el morro de la camioneta y yo.

-¿Está usted herido?

-El dinero... debo llevar el dinero... a Black Rock... –intercalé entre jadeos.

Dejé caer mi cabeza completamente hacia delante.

-No me diga –avanzó varios pasos lentamente-. ¿El dinero de esta bolsa?

La segunda vez que ese gañán me tocó el hombro con su palito agarré rápidamente la vara con la mano izquierda y halé hacia abajo. Él estaba agachado y se fue de bruces contra mí. Pasé la misma mano a su cuello, lo tumbé con fuerza y apreté con más fuerza todavía. Mis dedos casi se tocaban por detrás de su laringe.

A pesar de sus aspavientos a los dos segundos le había hundido la frente a la altura de los ojos con mi secreto. Arrastré su cuerpo y lo dejé caer por el pedregal que daba al mar. Tiré también la roca y la varita mágica.

Encontré una toalla y una nevera de playa sobre el asiento del copiloto, nada más, ni en la parte trasera. En la nevera había dos batidos de fresa y un refresco de limón bajo en calorías, ¿a qué clase de hombre acababa de matar? No me fijé pero seguro que llevaba el pecho depilado. Maldito cabronazo.

Me vi sangre en la ceja reflejada en el retrovisor y me la limpié con el agua del hielo derretido, me froté la cara y la nuca, me mojé la cabeza y me sacudí como un perro. Tiré la nevera por donde mismo al cadáver, por si al señorito le apetecía algo ligero, dulce y delicado en el puto infierno.

Di marcha atrás para ganar distancia y aceleré, maniobré un derrape junto al pequeño charco de sangre. Lo repetí dos veces. Quedó un buen hoyo en lugar de la mancha. Marcha atrás de nuevo, dirección toda a la derecha, y todo recto sobre aquella serpiente marrón.

Cuando llegué al cruce con la carretera general coloqué la bolsa con la metralleta bajo mi asiento. El cruce estaba claro, y el cartel parecía hecho a la medida de mi historia:

Propiedad Privada – Acceso Prohibido.

Canaan una milla.

Black Rock cuatro con tres.


Traducido:

Acción denegada, elija otra.

Objetivo siguiente kilómetro con seis.

Objetivo inmediato siete kilómetros.


Volver por donde vine tan siquiera se planteaba.

domingo, 1 de noviembre de 2009

CORRUPCIÓN - PSICOLOGÍA FORENSE: SOBRE LAS CAUSAS DE LA CONDUCTA CRIMINAL - Angie Vázquez

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Algunas causas biológicas:-


La Doctora Madeline Román


Plantea que el crimen es un problema de la estructura social. El estado criminaliza los actos de la población con una lamentable tendencia a hacerlo en mayor proporción con los sectores en pobreza. Las definiciones del delito son instrumentos normativos que favorecen a los controles e intereses de las clases dominantes. Cree que los gobiernos han usado estrategias de corte mecanicistas en el manejo de la criminalidad, que en vez de prevenir lo que muchas veces hacen es estereotipar aún más las comunidades pobres. (ejemplos: los proyectos comunales) Denuncia Román que la única respuesta ha sido aumentar el sistema de control represivo (más cárceles, más delitos, etc) en vez de bajar y prevenir la conducta y sus causas. De otra parte, señala que el sistema de justicia criminal ha sido demasiando complejo, grande, lento, inoperante y hasta injusto en sus sistemas de manejo y aplicación de castigos. La Dra. Román cree que la presencia de un estado asistencial, la desmoralización de la gente, la falta de una distribución apropiada de los recursos contribuyen a perpetuar la hostilidad, los conflictos y la desigualdad que en algunos individuos puede provocar conducta antisocial como la única vía de salida.

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Dr. Ryan


Cree que existe una tradición de "culpabilizar a la víctima", que consiste en atribuir responsabilidades a la pobreza y/o las minorías raciales y nacionales, sin plantearse un análisis ni alternativas de cambios sobre las condiciones que crearon las mismas. Cree que la política gubernamental de ofrecer justicia como un favor humanitario ( estado benefactor) y no como un derecho humano ha contribuido a cargar negativamente la justicia social. Critica que la función de los profesionales se ha limitado a la de identificar la víctima como ofensor y no la de prevenir las situaciones/ condiciones que estimulan el conflicto. La culpabilización de la víctima tiende a afectar doblemente a los individuos en condiciones de pobreza, ignorando la violencia institucional y confinándola falsamente a solo ciertos sectores.

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Prof. Ruth Silva de Bonilla


Considera que parte del problema de la criminalidad es que muestra una tendencia de dejar fuera de su definición los crímenes de los poderosos. La población clase media y pobre ve como pasan impunes delitos cometidos por gente en clases económicas altas, como las medidas punitivas son más severas con el pobre y demasiado laxas con el rico, y esta desigualdad en la administración y aplicación de las leyes crea descontento y hostilidad. En estas posturas reseñadas hasta aquí existe un elemento común: los/as autores/as piensan que el delito ocurre porque la sociedad permite, mantiene o fomenta ciertas condiciones de desigualdad al acceso o garantía de satisfacciones mínimas básicas entre los individuos que componen la sociedad, y permite y legitima, de esta forma, la carencia de recursos, dejándoles a estos individuos la posibilidad de optar por estrategias ilegales para conseguir la satisfacción de sus necesidades. Otras posturas culpabilizan a patrones y actitudes modernos como el consumerismo. El antropólogo social puertorriqueño, Dr. Seda Bonilla, plantea que los valores han sido sustituidos -de aquellos del bien común y del crecimiento del ser por aquellos que tienen que ver con lo que se tiene materialmente-. Es su planteamiento que hemos cambiado la cultura del ser por la cultura del tener. Este cambio ha hecho que la obtención de valores materiales se convierta en una meta superior a otras como la honradez, la sencillez, la humildad, entre otras.

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Angie Vázquez
Psicóloga Clínica, M.S.
Catedrática Asociada Departamento de Psicología
Universidad Interamericana de Puerto Rico



viernes, 30 de octubre de 2009

Taberna del litoral - Aguinaldo Fonseca

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Una lucecilla distante

Y un farol escupiendo luz

En la negra cara de la noche.


Todo es salado y nostálgico.


Vientos con olas en las costas

Hacen temblar la taberna

Que es un navío encallado.


Amor intenso y brutal

Entra navajas abiertas

Y el abandono de

De una ramera entre los brazos.


Andan en el aire desesperaciones

En densas volutas de humo.


Botellas, vasos, botellas

-Ay la sed del marinero...

Tatuajes picando la piel

Gritan el dolor y la braveza

De las aventuras en los puertos.


Gente de todas las razas,

Gente sin patria y sin nombre

-Apenas gente de mar.


Con voz de sal y de viento

Y barcos en los líquidos ojos.


Entran el Tedio y la Nostalgia

Mordiendo viejas cachimbas...

Entran y salen después

Llevando, a tumbos, un borracho.


Barajas, mesas y bancos,

Botellas, vasos, botellas

Y la cara del tabernero

Instiga a viejas revueltas.


¡Y todo lleno de vicios,

Y todo lleno de sueño

Y todo lleno de mar!

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De Poetas Africanos Contemporáneos.

Selección y Prólogo: David Fernández.

Traducción de este poema: Manuel Cabrera.

EDICIONES JÚCAR, 1975.



domingo, 18 de octubre de 2009

lunes, 3 de agosto de 2009

fragmento

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-¡Entonces llega el gordo, ya os digo, a falta de seis o siete segundos de acabarse el tiempo, y tras un programa de puta pena, porque realmente aquello era un rebote mortal, uno de esos que el cerebrito hijo de perra que va arrasando en cabeza pasa al más débil para acabar de rematarlo, para darle la estocada, y así regocijarse de su magnificencia, le dice el presentador Contiene la u: tropo que consiste en extender, restringir, o alterar, de algún modo la significación de las palabras..., e interrumpe el gordo Sinécdoque!
-¡¿Qué cojones es una sinécdoque?! –soltó Beach desde la otra punta.
-¡Yo qué coño sé –dijo Tomi encogiéndose de hombros tirado sobre la silla-. Nadie sabe qué cojones es una sinécdoque. Ni siquiera sabe nadie qué coño es un tropo, ése es el tema, que aquel tipo con cara de perro borracho, aquel cabronazo que había estado en Babia hora y media, lo clavó y sin llegar a oír la definición entera, y ni siquiera es que le hubieran preguntado lo mismo al anterior y hubiera fallado, no, nada de eso, fue una pregunta cabrona nueva adrede, la más cabrona diría yo! ¡Un puto millón de bote!
-¡Guau! -Carana liaba en silencio.
Duver le brindaba fuego a Beach. Jamiel miraba a Tomi con devoción y los ojos bien abiertos, y Ralf con la jarra ante los labios y la mandíbula desencajada. Jimi dio un respingo:
-¡¿Millón?! ¡¿Millón por una puta palabra?!
-¡Hay que joderse! –Ralf movía la cabeza como lamentándose.
-¡¿Qué cojones hacemos aquí, por qué no estamos leyendo diccionarios y presentándonos a concursos?! –Duver chupaba del cuello de la botella.
-¡¿Eres estúpido?! –respondió Jamiel. Duver le miró mosqueado
-El caso es que a mí me sonaba el fulano ese, lo veía ahí, con esas ropas cutres recién estrenadas, rodeado de aquella escenografía rancia llena de sirenas naranjas cegándolo todo, y kilos y kilos de confeti, y aquel rótulo inmenso en la pantalla parpadeando que ponía 1.000.000 libre de impuestos, y me bastaba con eliminar ese contexto para darme cuenta de que el gordo ganador me resultaba cercano –Tomi proseguía sin tanta excitación, pero con ritmo.
-¿En serio? –Jimi le miraba entrecerrando un ojo- ¡Os diré una cosa, si alguna vez estoy en medio de, por ejemplo, una entrega, y alguien pronunciara sinécdoque, le dispararía sin dudarlo!
-Ya sabemos todos que dispararías, Jimi... –contestó Carana poniéndole caras con el porro apagado en la boca.
-Pero, ¿le conocías o no? –Beach intrigado.
-Sí, ¿le conocías, Tomi? –Jimi se unió.
-No, jamás he conseguido situarlo, pero nunca me podré olvidar de él, del maldito gordo que ganó un millón por decir sinécdoque.
-¡Que se jodan los empollones! –Ralf alzó la jarra.
-¡Sí, que se jodan! –expresó el grupo brindando.
-¿Tú no sabes qué son una sinécdoque o un tropo, Carana? –preguntó Ralf.
-Apuesto a que lo estudié –dijo convencida-, pero apuesto más aún a que lo he olvidado... debería repasarlo –y se hizo risas.
-¡Ésa es mi chica! –dijo Jimi.
Ralf levantó el brazo haciéndole un gesto a Daniel a lo lejos, a través de las cristaleras. Cuando Daniel le miró, Ralf hizo un rápido recuento de los presentes, y levantó las dos manos abiertas con tres dedos recogidos. Luego dijo:
-¿Dónde está Ruls?
-¿No es aquél que está metiéndole mano a la tía esa en aquella tumbona? –bromeó Beach.
-¿Gratis? No, no es él –Jamiel.
-Ruls ha ido al puerto a hacer varias consultas –respondió Tomi-, dijo que volvería pronto.
Daniel llegó con la bandeja atestada, despejó las mesas según reponía, y se dirigió a ellos.
-Señores, mi turno acaba, les rogaría abonasen lo consumido hasta ahora. A esta ronda invita la casa.
-¡Vamos chicos, soltad los billetes y aplaudid a Daniel! –dijo Duver.
Así lo hicieron. Daniel se quedó varios minutos charlando con ellos. Se despidió dándoles las buenas noches y las gracias. Empezaron a escucharse sirenas, a lo lejos, pero cada vez menos lejos. Todos miraron para el mismo lado, entonces pasó un Opel Kadet negro a toda velocidad, gracias a la leve pendiente del jardín lo vieron perfectamente por encima del muro mediano que separaba la hierba del asfalto. Una vez lo perdieron de vista escucharon chirridos, frenazos y cláxones, y el motor aquel que no paraba de rugir. Par de segundos y apareció el coche patrulla, como un cometa púrpura, azul y naranja, igual de rápido o más que el fugitivo. El sonido era realmente ensordecedor. Se miraron entre ellos. Todos habían dado un respingo, Tomi, Duver y Beach, mantenía sus manos sobre las culatas. Jimi ya había desenfundado y mantenía la pistola bajo la mesa. Ralf preguntó ¿No era ese el coche de Suko?; sacó el teléfono móvil. Carana se levantó: Jami.; Jamiel también se levantó, y fue con ella.

lunes, 15 de junio de 2009

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Vine aquí para empeñar la poesía
en el boliche que abre día y noche
a espaldas del polígono del muelle.
No podría concretar cuánto me dieron, pero era bien poco.
Llegué dispuesto incluso a aceptar nada,
fue lo que les dije a todos al marcharme, pero era mentira.
Vine aquí creyendo en todo lo contrario
de toda la mitad de lo que había vivido.
Y aquí viví lo peor. Aquí vi todo aquello.
Aquí vi cómo la violaban,
y me entraron cien ganas a mí también, pero no lo hice,
aún sabiendo que no sería nunca un crimen,
aún sabiendo que nunca nadie la reclamaría,
aún con lo cerdo que soy.
No lo hice por amor.
Por amor a no sé qué.

Yo sólo buscaba algo a cambio, eso es todo.
Ellos la violaron.

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miércoles, 29 de abril de 2009

plan de ataque

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El día en que fui consciente de todo el dinero que había gastado en mi vida en amar a más de una mujer, tomé una decisión de importancia directamente proporcional al saldo resaltado en el informe. Fundé mi empresa fabricante de discos de vinilo.
--El sector era lo de menos. Teníamos ideas, teníamos contactos, teníamos las armas. Sólo nos faltaba un nombre legal para poder anunciarnos y un número de identificación fiscal con el que facturar. Ya estaba bien de tanta mediocridad y sin sentido. Hasta el puto Bill Gates tenía más pasta que yo.
--Nuestra vida debía volverse mejor.
--Empezaríamos por renegociar el precio/unidad de la munición.

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