-¡Entonces llega el gordo, ya os digo, a falta de seis o siete segundos de acabarse el tiempo, y tras un programa de puta pena, porque realmente aquello era un rebote mortal, uno de esos que el cerebrito hijo de perra que va arrasando en cabeza pasa al más débil para acabar de rematarlo, para darle la estocada, y así regocijarse de su magnificencia, le dice el presentador Contiene la u: tropo que consiste en extender, restringir, o alterar, de algún modo la significación de las palabras..., e interrumpe el gordo Sinécdoque!-¡¿Qué cojones es una sinécdoque?! –soltó Beach desde la otra punta.
-¡Yo qué coño sé –dijo Tomi encogiéndose de hombros tirado sobre la silla-. Nadie sabe qué cojones es una sinécdoque. Ni siquiera sabe nadie qué coño es un tropo, ése es el tema, que aquel tipo con cara de perro borracho, aquel cabronazo que había estado en Babia hora y media, lo clavó y sin llegar a oír la definición entera, y ni siquiera es que le hubieran preguntado lo mismo al anterior y hubiera fallado, no, nada de eso, fue una pregunta cabrona nueva adrede, la más cabrona diría yo! ¡Un puto millón de bote!
-¡Guau! -Carana liaba en silencio.
Duver le brindaba fuego a Beach. Jamiel miraba a Tomi con devoción y los ojos bien abiertos, y Ralf con la jarra ante los labios y la mandíbula desencajada. Jimi dio un respingo:
-¡¿Millón?! ¡¿Millón por una puta palabra?!
-¡Hay que joderse! –Ralf movía la cabeza como lamentándose.
-¡¿Qué cojones hacemos aquí, por qué no estamos leyendo diccionarios y presentándonos a concursos?! –Duver chupaba del cuello de la botella.
-¡¿Eres estúpido?! –respondió Jamiel. Duver le miró mosqueado
-El caso es que a mí me sonaba el fulano ese, lo veía ahí, con esas ropas cutres recién estrenadas, rodeado de aquella escenografía rancia llena de sirenas naranjas cegándolo todo, y kilos y kilos de confeti, y aquel rótulo inmenso en la pantalla parpadeando que ponía 1.000.000 libre de impuestos, y me bastaba con eliminar ese contexto para darme cuenta de que el gordo ganador me resultaba cercano –Tomi proseguía sin tanta excitación, pero con ritmo.
-¿En serio? –Jimi le miraba entrecerrando un ojo- ¡Os diré una cosa, si alguna vez estoy en medio de, por ejemplo, una entrega, y alguien pronunciara sinécdoque, le dispararía sin dudarlo!
-Ya sabemos todos que dispararías, Jimi... –contestó Carana poniéndole caras con el porro apagado en la boca.
-Pero, ¿le conocías o no? –Beach intrigado.
-Sí, ¿le conocías, Tomi? –Jimi se unió.
-No, jamás he conseguido situarlo, pero nunca me podré olvidar de él, del maldito gordo que ganó un millón por decir sinécdoque.
-¡Que se jodan los empollones! –Ralf alzó la jarra.
-¡Sí, que se jodan! –expresó el grupo brindando.
-¿Tú no sabes qué son una sinécdoque o un tropo, Carana? –preguntó Ralf.
-Apuesto a que lo estudié –dijo convencida-, pero apuesto más aún a que lo he olvidado... debería repasarlo –y se hizo risas.
-¡Ésa es mi chica! –dijo Jimi.
Ralf levantó el brazo haciéndole un gesto a Daniel a lo lejos, a través de las cristaleras. Cuando Daniel le miró, Ralf hizo un rápido recuento de los presentes, y levantó las dos manos abiertas con tres dedos recogidos. Luego dijo:
-¿Dónde está Ruls?
-¿No es aquél que está metiéndole mano a la tía esa en aquella tumbona? –bromeó Beach.
-¿Gratis? No, no es él –Jamiel.
-Ruls ha ido al puerto a hacer varias consultas –respondió Tomi-, dijo que volvería pronto.
Daniel llegó con la bandeja atestada, despejó las mesas según reponía, y se dirigió a ellos.
-Señores, mi turno acaba, les rogaría abonasen lo consumido hasta ahora. A esta ronda invita la casa.
-¡Vamos chicos, soltad los billetes y aplaudid a Daniel! –dijo Duver.
Así lo hicieron. Daniel se quedó varios minutos charlando con ellos. Se despidió dándoles las buenas noches y las gracias. Empezaron a escucharse sirenas, a lo lejos, pero cada vez menos lejos. Todos miraron para el mismo lado, entonces pasó un Opel Kadet negro a toda velocidad, gracias a la leve pendiente del jardín lo vieron perfectamente por encima del muro mediano que separaba la hierba del asfalto. Una vez lo perdieron de vista escucharon chirridos, frenazos y cláxones, y el motor aquel que no paraba de rugir. Par de segundos y apareció el coche patrulla, como un cometa púrpura, azul y naranja, igual de rápido o más que el fugitivo. El sonido era realmente ensordecedor. Se miraron entre ellos. Todos habían dado un respingo, Tomi, Duver y Beach, mantenía sus manos sobre las culatas. Jimi ya había desenfundado y mantenía la pistola bajo la mesa. Ralf preguntó ¿No era ese el coche de Suko?; sacó el teléfono móvil. Carana se levantó: Jami.; Jamiel también se levantó, y fue con ella.
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